Club de ajedrez Ébano

Aventuras y desventuras de César Martín en Holanda
 

    La belleza de Holanda me impresionó desde un principio, pero ahora entiendo por qué los europeos eligen destinos como Canarias para sus vacaciones e incluso para mudarse: por la inestabilidad del clima europeo. Fresco, tormenta, calor, humedad, sol, lluvia. Ése es el pequeño o gran inconveniente de la vida en Europa. Por lo demás, la vida allí me resultó estupenda: naturaleza envidiable, modernidad, arquitectura de ensueño, gente educada y amable –aunque supongo que habrá de todo–, organización germánica, ...

    Apenas llegamos, decidimos jugar un torneo de ajedrez a seis partidas en Haarlem, magnífica ciudad –probablemente, la que más me gustó de Holanda–, en la que nos perdíamos continuamente hasta que aprendimos a orientarnos en la maraña de sus calles desde la estación de tren hasta la sala del torneo. En cuanto a las partidas, sólo un día después de haber llegado al país, no podía esperar demasiado. El horario y ritmo de juego tampoco facilitaban las cosas: partidas a dos horas finish; una partida el viernes de 19 a 23 h.; tren con transbordo en Leiden de vuelta a Den Haag; llegamos pasadas las 24 a casa y entre la ducha y la cena ya era la 1 del día siguiente; conciliar el sueño para levantarnos a las 7, desayunar y agarrar otra vez el tren para Haarlem, porque a las 9 comenzaba la segunda partida; ¡tres partidas de cuatro horas ese día con una hora libre para almorzar y otra por la tarde para no destrozar el cerebro!; vuelta a casa como la noche anterior; afortunadamente, el domingo, último día, sólo se jugaban dos partidas y ya está. Resultado: dos derrotas, dos victorias y dos tablas. Ni malo, ni bueno. Duro, sí, pero muy divertido. Toda una aventura, para empezar.
 Lo siguiente fue descansar. Parece mentira cuánto dormí los días inmediatos.

    Después nos dedicábamos a hacer visitas. Estuvimos en Madurodam. Fuimos dos veces a la playa de Scheveningen. Visitamos Leiden, otra linda ciudad, donde estuve husmeando en la biblioteca de la universidad, en la sección de Filología Clásica. Cómo no, viajamos dos veces a Amsterdam. Para ser sincero, esperaba más de esta Venecia del Norte. Es muy bonita, no cabe duda, pero me sentí más a gusto en Haarlem y en Leiden. Vimos el museo Max Euwe y el asombroso Rijksmuseum, que debe de tener la mayor colección de pintura flamenca del mundo, a pesar de que El Prado tenga muchos más cuadros de un tal Rembrandt van Rijn. En cambio, me ha quedado pena de no visitar el museo de Vincent van Gogh y el Madamme Tousaud. Otra vez será.

    La siguiente aventura fue, de nuevo, un torneo de ajedrez a nueve partidas en el incomparable marco de naturaleza que brindaba la ciudad de Dieren (significa ‘animales’) a partir del 19 de julio. Viajar desde Den Haag todos los días y volver habría sido fatigoso y caro (unos cuatrocientos florines, más noventa y dos de la inscripción del torneo, salía una riñonada), por lo que nos decidimos por una posibilidad que ofrecía la organización del torneo: acampar en una zona acondicionada, que no era un camping, sino un campo de fútbol con duchas y baños, por un precio razonable. Teniendo en cuenta el precio de los hoteles en Holanda, tampoco había muchas alternativas. Dieren, al este de Arnhem, limita al norte con el parque nacional de Veluwezoom, por el que di largos paseos algunas tardes al acabar las partidas para pensar, tranquilizar el espíritu y encontrar paz en la inmensidad de aquel frondoso bosque. La acampada, los paseos y el torneo son recuerdos inolvidables. El ritmo de las partidas se adaptaba más a mi gusto en este torneo: seis horas por partida y sólo una diaria. Lo malo es que comenzaban a las 12:30, porque los holandeses, y creo que los europeos en general, tienen la mala costumbre –es una de las pocas cosas que no me gustaron– de no almorzar con fundamento. Ver a la gente por la calle a la hora de comer con un brotje en una mano y una cola en la otra me da pena. Pero a lo que iba, no era pena lo que padecía en el torneo, sino hambre. Como muchos participantes, yo llevaba algo de comer a la sala del torneo en mi mochila y a eso de las 14:15 empezaba a deglutir con avidez las pocas cosas que traía. Nunca antes había comido durante las partidas, así que, por respeto a mi rival, me levantaba de la mesa para comer aparte y no distraerlo con el ruido de mis chasquidos. En Dieren suelen darse cita cada año unos cuatrocientos participantes, entre los cuatro torneos principales que forman el festival, más otras actividades ajedrecísticas que se desarrollan en esos once días.
El torneo principal, el de maestros, que sirve como torneo clasificatorio para el campeonato de Holanda del año 2000, está abierto a todos los jugadores con elo internacional. Además, se disputan paralelamente otros tres torneos llamados A, B y C, en ese orden decreciente, de acuerdo con el nivel y fuerza de juego de los participantes.
Me inscribí en el torneo A, donde podía jugar si no tenía un elo superior a 2100 puntos. Jugaron 76 ajedrecistas. Las partidas iniciales iban muy bien para mí. Los rivales eran muy fuertes, había que trabajar cada partida hasta el final, pero, ignoro la causa, yo empecé a jugar como nunca y me coloqué como líder en solitario con cuatro puntos de otras tantas partidas. Después, unas tablas en una partida que no jugué bien contra un tío neurótico; yo estaba perdido, pero él metió la pata y conseguí medio punto. 25 de julio, fiesta, no hay partida, buen día para descansar y dar una vuelta por Veluwezoom. Luego gané las dos siguientes y ya eran siete partidas. Quedaban dos para acabar y ya me sentía agotado, si bien notaba el mismo agotamiento en mis rivales. En la octava ronda hice tablas en una partida que tuve favorable y no supe aprovechar por dos veces.

    Así llegué a la novena y última ronda en el primer puesto con medio punto de ventaja sobre el segundo clasificado, con el que me tocaba jugar el día 29. Si ganaba él, me quitaba el primer puesto. A mí me valían las tablas para ganar el torneo y embolsarme los 750 florines del premio. Nervios y expectación. Van diez jugadas y mi rival, para mi sorpresa, ¡me ofrece tablas! Por supuesto que acepté sin pestañear, para llevarme a casa el mejor resultado de mi vida, 7’5 de 9, con la suerte de los campeones (¿o de los novatos?); nunca había ganado en Tenerife un torneo de la categoría de este. Loek van Wely (pronunciado Luc fan Beli), muy buen jugador de fútbol –tanto como –, se llevó de calle el torneo de maestros. Los rusos e israelíes no tuvieron nada que decir, aunque Loek perdió en la última ronda contra su joven compatriota Erik van den Doel. En el torneo de maestros pueden participar quienes tengan elo internacional, quien haya ganado el torneo A del año anterior (este año podría jugar yo, aunque no lo haré), y quienes hayan sacado al menos 7 puntos en el torneo A, cosa nada fácil.

    Casi todos los holandeses hablan alemán e inglés, aunque prefieren hablar en inglés, cosa bastante extraña, porque el holandés es una lengua derivada del bajo alemán, es decir, un dialecto que terminó convirtiéndose en un lengua nacional, al igual que el alto alemán acabó siendo el alemán actual.

    La forma más barata de viajar a Holanda y Alemania es aprovechar las ofertas de agencias de viaje que aparecen continuamente en la prensa. Muchos vuelos chárter hacen algunos viajes de vacío y tratan de sacar rentabilidad bajando mucho los precios para atraer clientes. Por supuesto, también hay vuelos regulares (creo que dos semanales desde Tenerife sur a Schipfhol, el super-aeropuerto de Amsterdam). Los hoteles en Holanda y Alemania son bastante más caros que aquí, así que es mejor buscar una pensión o ir a una zona de camping (casi todas las ciudades tienen zonas habilitadas y bien preparadas (con agua potable y toma de corriente), donde uno se puede quedar por poco dinero. No se está tan mal. La comida, en los supermercados, es más barata que aquí (leche, cereales, pan de todas clases,..., salvo la fruta). La gente suele comer algo fuera, sobre todo al medio día. La mayoría de los sitios son de comida rápida a un precio normal, salvo en las calles principales de Amsterdam, donde los precios son claramente abusivos para lo que ofrecen. Las tiendas suelen agruparse en zonas comerciales y tienen horario continuo. Un día a la semana (los jueves), el horario de cierre es más tarde (20 o 21:00) y todo el mundo sale a comprar. Por cierto, a los supermercados hay que llevar una bolsa o algo propio donde transportar la compra, si no queremos pagar la bolsa que nos dé el supermercado, una medida que trata de potenciar el ahorro ecológico de materia inorgánica.

    El torneo de Dieren, en la segunda quincena de julio, es muy atractivo (a mí me sigue cautivando esa mezcla perfecta de naturaleza y modernidad urbana que consiguen los holandeses en sus ciudades y pueblos), sobre todo porque hay en el torneo cierto espíritu, el espíritu de Dieren, una suerte de vacaciones en el campo con ajedrez; aunque desde un punto de vista puramente ajedrecístico, es aun más interesante el torneo de Antwerpen (Amberes) en Bélgica (también hablan holandés, francés, inglés,...), en las dos primeras semanas de agosto, porque juega más gente y los premios son un poco mejores. En Alemania hay igualmente algunos torneos dignos en verano, aunque uno debe informarse con suficiente tiempo, pues una semana o dos antes se cierran las inscripciones.

    En fin, creo que hay un montón de buenas razones por las que viajar, incluso para jugar al ajedrez, vale la pena. No creo que se gaste mucho más en un viaje a un torneo en Holanda, Bélgica, Alemania, Suiza, Francia,... que en uno a la Península. Es cuestión de gusto. A mí me motiva más un viaje al extranjero y, además del encanto y la incertidumbre de la aventura, me resulta más divertido.

Llevar las partidas del torneo de DIEREN 2000 ---> (CBV)

Llevar las partidas del torneo de DIEREN 2000 ---> (PGN)
 

                                                       César Martín ... verano de 1999
                                                         cemalu@teleline.es

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